Paula es una más de la legión de seguidores de Jane Austen. Tiene la sana costumbre de hacer una reverencia frente a un cuadro de la escritora situado en su habitación. Paula es una escritora frustrada una profesión en auge desde que el mundo es mundo.

En una de esas tardes de domingo, cuando fuera luce el sol y tú te encuentras frente a la hoja en blanco, a su atormentado cerebro llega la idea de que charlar con Austen sería glorioso.

Lleva una semana sin dormir. Sin darse cuenta, deja caer su cabeza sobre los brazos, mientras que en la pantalla aparece una imagen de la serie  Outlander. Es su salvapantallas.

Como la magia y el sueño, son cuestiones del inconsciente, no entraremos en detalles, pero Paula declama este monólogo a la protagonista que creó Diana Gabaldón:

—¿Claire? ¿Claire Beauchamp? ¿Cómo he llegado aquí? — Paula sufre un ataque de pánico mezclado con un poco de histeria y felicidad.

Claire, que nunca pierde la compostura, escucha a Paula cuando logra relajarla con su tono de voz aterciopelado.

Al saber de su falta de experiencia en los viajes en el tiempo y su deseo de conocer a Jane Austen, le cuenta el secreto que todos los que ven la serie desde el inicio desconocen.

Paula viaja a Bath  pasando por Outlander

Es así como Paula se ve en  Bath. Exactamente en el número 4 de Sydney Place.

Una calma y una confianza que no ha conocido jamás la envuelven, al igual que un traje de época. Sabe lo que tiene que hacer. Se dirige a la habitación del fondo del pasillo.

Escucha sus latidos, pero es ahora o nunca. Con los ojos cerrados abre la puerta. Y sin ver, escucha una voz que no asociaría a ninguna en este planeta.

Al abrir lentamente los ojos ve ante sí a Anne Hathaway. ¡La actriz! ¿Pero qué clase de broma es esta? Sin darle tiempo a mostrar su indignación, Anne le invita a que se siente.

—Yo quería hablar con Jane Austen. Tengo muchas preguntas. ¿Qué haces aquí?

—Así es como ves tú. Yo no tengo la culpa. — y la actriz la mira con cierta compasión, nunca ha entendido a este tipo de fans.

¿Qué le preguntarías a Jane Austen?

Al cabo de unos minutos, Paula se relaja. Termina por sentarse en una incómoda mecedora y saca su móvil. Anne la mira como si fuera una extraterrestre.

Pero Paula está decidida a entrevistar a su musa.

—Jane, mi querida Jane. ¿Por qué creaste a Mr. Darcy? ¿Para que Colin Firth me parezca el hombre más irresistible y siga soltera?

Jane/Anne la mira con picardía.

—¿Acaso crees que Darcy es perfecto? No lo es. Y probablemente Colin, tampoco.

¿Quién es Colin? Paula busca en Google al actor y le muestra una imagen.

—Quizás sí roce la perfección. Le sienta bien la ropa de mi época. ¿Sabes si le gusta leer?

Paula suspira. Y se calma.

—Jane, mi querida Jane. ¿Por qué tus protagonistas son tan fuertes, listas, y agudas cuando conversan?

—Porque son irreales. Nadie va por la vida con un guión escrito. Y está mal que lo diga, pero mi pluma ha ayudado a que Emma brille. Y a otros tantos. Si son fuertes o agudas es porque a mí no me quedó otro remedio que serlo. ¿Listas? Sentido y Sensibilidad es la prueba de que podemos ser muy tontas y cegarnos por una cara bonita.

—Jane… -Dime -¿No te sorprende que una extraña esté en tu habitación haciéndote preguntas sobre personajes que aún ni existen?

Y una carcajada envuelve toda la austera habitación, que por cierto, no es muy acogedora. Como abrigo, Jane/Anne sólo tiene un chal.

Y como si la hubiera oído, se levanta y empieza a atizar unos invisibles troncos.

—Soy creativa. Me pasó la mayor parte del día soñando. ¡Qué sería de mí si prestara más atención a la realidad! No podría escribir mis libros. Por eso no sé, si tú formas parte de un sueño profundo de una deliciosa siesta, o eres un personaje secundario y extraño que se ha escapado de mi imaginación.

Paula no puede evitar reír. Reír con fuerza y como si la risa fuera el detonante que acabaría con aquel encuentro, despierta con el corazón a mil por hora, el cuadro de Jane Austen en el suelo y tan fresca como si hubiera dormido dos horas.

Aturdida, cuando cuelga el retrato y regresa a su escritorio, ve un papel sobre el teclado. Y lee:

Acepta lo mejor de nuestro amor por la literatura y no idealices a nadie, ni siquiera a mí y por supuesto, tampoco a ti.

Tuya afectuosamente

Jane Austen

Juana S. González

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