La corrección política convirtió muchos artículos en muebles de IKEA: funcionales, suecos y sin alma. Cuando aún flotaba en el aire el suspiro de un dinosaurio, tenía un blog. Escribir en una bitácora se asemejaba a levantar la mano en mitad del océano laboral: «Estoy aquí, miren lo que hago, me conformo con mil euros al mes».

Vivir en la precariedad y con miedo a verbalizarlo es lo que toca ahora. Pronto te llevan a un programa o a un podcast, monetizan y te regalan corazones siempre y cuando no les ofendas con algún pensamiento profundo o crítico.

Cuando la cultura del esfuerzo la has respirado en casa, detectas con facilidad el aroma que emanan los atajos. Los caminos cortos carecen de obstáculos y de «no encajas con el perfil».

El trabajador invisible va por otro sendero más largo y complejo. Estos seres sostienen familias, facturas, madrugones, enlazan varios trabajos, cuidan de familiares y además se sienten culpables por no llegar a todo. ¿Quién quiere oír sus historias?

La desigualdad emocional es el pan nuestro de cada día. La obsolescencia humana está de moda. Consumimos series, libros, polémicas e incluso personas que duran lo mismo que una story.

La velocidad ha sustituido la reflexión.

Atacamos a los jóvenes porque se pasan el día mirando una pantalla y ya hay centros de desintoxicación digital. La delgada línea roja entre paladear una historia y consumirla como una tableta de chocolate es una opción atractiva en la sociedad de la prisa en vena.

Ni los chavales son los malos de esta película ni los mayores los buenos.

Ante esa urgencia que comienza en el supermercado para que coloques tu compra a la velocidad de la luz y el parar este ritmo frenético en el que nos han metido sólo nos queda el humor negro, gritar bajito por alguna red social o aprovechar los recorridos eternos del transporte público para devorar un libro. Y si se tercia, acompañado de música de nuestra lista de la app de turno.



Juana S. González

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